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miércoles, 7 de febrero de 2018

¿Literatura únicamente "apta para niños"?


          De vez en cuando me pasa que entro en una librería con mi lista de títulos buscados en mano y cuando el vendedor escucha algunos de ellos me mira con cara entre dubitativa y risueña: “Esos títulos son de libros infantiles, no son para vos”. Incluso se han negado a mostrármelos o a decirme precios asegurando que debía estar en un error.
            Más allá de esas actitudes prejuiciosas puntuales, surge el interrogante: ¿Qué ideas preconcebidas rodean a la literatura para niños y jóvenes? ¿Qué es lo que la hace “no apta” para adultos?
            María Teresa Andruetto nos advierte acerca de los peligros de categorizar o encasillar los libros, no por su valor literario, sino por la franja etaria “recomendada”. Cito un fragmento de su texto “Hacia una literatura sin adjetivos”[1], donde explica claramente esta cuestión:

            “El gran peligro que acecha a la literatura infantil y a la juvenil en lo que respecta a su categorización como literatura, es justamente el de presentarse a priori como infantil o como juvenil. Lo que puede haber de ‘para niños’ o ‘para jóvenes’ en una obra debe ser secundario y venir por añadidura, porque el hueso de un texto capaz de gustar a lectores niños o jóvenes no proviene tanto de su adaptabilidad a un destinatario sino sobre todo de su calidad, y porque cuando hablamos de escritura de cualquier tema o género, el sustantivo es siempre más importante que el adjetivo. De todo lo que tiene que ver con la escritura, la especificidad de destinatario es lo primero que exige una mirada alerta, porque es justamente allí donde más fácilmente anidan razones morales, políticas y de mercado.”

            Entonces, esas ideas preconcebidas muchas veces tienen que ver con el objetivo educativo/didáctico que al parecer debería tener la literatura destinada a los chicos. ¿Acaso nosotros recordamos con mayor cariño los libros como “Ordenar es bueno” y “Colita, el perro egoísta”? ¿O son los “otros”, los que “no nos enseñaron nada” los que disfrutamos más durante nuestras lecturas infantiles? ¿Acaso una moralina disfrazada con un relato de pobre argumento tuvo para nosotros como niños mayor valor literario que una historia bien narrada que nos teletransportó a otra posible (o imposible) realidad?
            Lo que buscamos cuando leemos literatura es una historia. No un mensaje, no una moraleja. Como adultos buscamos divertirnos, emocionarnos, ponernos en el lugar de otro, vivir aventuras o ver nuestra propia vida resignificada. ¿Por qué, como niños, vamos a buscar otra cosa?
            La literatura que calificamos como “infantil” o “juvenil” debe generarnos a nosotros (aunque seguramente sea desde otro lugar, el nuestro, el adulto, con sus peculiaridades) esa “magia”, esa “chispa” que también nos genera la literatura “para adultos” que leemos (y que al parecer tampoco sería apta para menores o mayores de…¿cuánto? ¿A qué edad empezamos a leer literatura “de adultos” y a qué edad la dejamos para pasar a literatura “de adultos mayores”?)
            Responder ciertos interrogantes no resulta nada sencillo y no es mi idea encontrar una verdad absoluta porque no creo que la haya. Pero sí podemos ensayar posibles respuestas que nos guíen y nos ayuden a pensar.
            En este caso, creo que los libros no pueden ser encorsetados según la “edad ideal de los pequeños lectores” impuesta por el mercado. Más allá de esas categorías (sin negarlas, porque están presentes en casi todas las colecciones que podemos encontrar en las librerías), pienso, desde mi experiencia pasada como niña lectora hurgadora de bibliotecas, que son los chicos los que pueden elegir qué quieren leer, si tienen una oferta variada a su disposición[2]. Y pueden, y deben, equivocarse.
            Quizás ese libro que los enamoró desde la portada no les transmite nada; quizás otro que al principio no les interesó sea el que marque un antes y un después con su lectura. Justamente así como nos pasa a nosotros. De esa manera, mediante la exploración, podrán formar su propio paladar como lectores activos y, una vez que le tomen “el gustito”, nunca podrán dejar ese hermoso vicio de la lectura.


[1] Andruetto, M.T., “Hacia una literatura sin adjetivos” en Hacia una literatura sin adjetivos, Edit. Comunic-arte, 2009.
[2] Aquí considero que entraría en juego otro factor de vital importancia, que es el clásico “educar con el ejemplo”: si insistimos en que los chicos lean pero no ven a nadie disfrutar de la lectura a su alrededor, no leerán (o les costará más hacerlo con placer). De todas formas, dejo este tema para desarrollarlo en un próximo artículo.

miércoles, 13 de abril de 2016

Dictadura y literatura infantil (II): "El mar y la serpiente"

“Papá se fue en bici.

Papá se perdió.

Digo, ¿papá se perdió?
Mamá me mira. No habla. Le cae mucha agua de los ojos.
Digo, no llores, mami. Digo, ya va a encontrarse.
Me duele la panza. Pero no lloro.”
(Paula Bombara, El mar y la serpiente)

Continuando con el especial que comenzó en el artículo anterior que publiqué, hoy quisiera reseñar una novela juvenil con la que tuve una experiencia muy especial: “El mar y la serpiente” de Paula Bombara.
            La primera vez que empecé a leerla no pude pasar de las primeras páginas…porque la emoción fue más fuerte. No había lugar para otra cosa que no sean lágrimas. Dejé mi ejemplar en la biblioteca por unos meses. Junté coraje. Y en este mes de marzo lo retomé. Volví a leer esas mismas páginas pero sabiendo lo que venía, mordiéndome los labios…
            No quiero para nada desalentarlos a la lectura. Al contrario. Es tan necesaria esa catarsis frente a dolores tan profundos que hemos vivido o hemos mamado, como en mi caso. Y es necesaria para poder comprender muchas cosas.
             La maestría de Paula Bombara radica en que leyendo esta novela podemos ponernos enteramente en la piel de la protagonista: una niña que un día no ve más a su papá. No entiende muy bien qué pasó con él. Se da cuenta que los adultos fingen y ocultan algo. Es una niña que a lo largo de la novela va creciendo y va descubriendo su historia poco a poco.
            La novela está dividida en tres partes: “La niña”, “La historia” y “La decisión”. La primera narra la infancia de la protagonista, ese momento en el que ocurre la desaparición de su papá. La segunda parte cuenta cómo se va enterando esa niña (que ya creció un poco) de todo lo que ocurrió. La última parte, finalmente, muestra cómo esa protagonista (que ya no es tan niña) decide tomar las riendas de su identidad y contar su verdad.
            Cada parte de este libro está escrita de diferente manera: “La niña” es puro fluir de conciencia de la niña. A lo largo de las páginas notamos cómo ella va creciendo: sus percepciones del mundo y de lo que sucede a su alrededor se van modificando. “La historia” entrelaza diálogos con la madre y monólogos interiores de la protagonista. “La decisión” es un nuevo fluir de conciencia de esta niña-no-tan-niña con breves diálogos intercalados.
            Ese recurso de “exponer” de forma tan directa lo que pasa por la mente de la protagonista es lo que nos moviliza tanto como lectores. El sentimiento de no ser querida, de haber sido abandonada por no ser merecedora del amor de su padre…todo eso que piensa la niña y que nos pone a nosotros en ese lugar desolado. Nos cuestiona: ¿qué hubiésemos pensado si de un día para otro papá no volvía a casa? ¿qué hubiésemos creído si nadie nos decía algo concreto sobre lo que había ocurrido con él? ¿cómo creer que murió? ¿cómo entender lo que ocurrió?
            Toda la novela nos lleva a acompañar a la niña a transitar el largo camino del duelo ante la pérdida de su papá. Un duelo que dura años, porque la verdad se revela a cuentagotas, a medida que la protagonista se rebela y exige saber qué pasó. A medida, también, que la mamá puede abrirse y contar la historia. Y allí, al compartir el duelo madre e hija pueden empezar a sanar sus heridas.
            El relato de Paula Bombara nos emociona, nos conmueve, nos enoja y también nos libera del silencio impuesto. A los que no vivimos la dictadura, nos pone en la piel de quien la padeció de la peor forma: perdiendo, sin entender, a uno de sus seres más amados. Y también nos pone en la piel de quien la padeció desde otros lugares: sabiendo del terror y debiendo callar, sufriendo en silencio no poder revelar su verdad.
            Una novela necesaria para comprender y no olvidar lo que nos ocurrió hace, tan solo, cuarenta años.

            “Un agujero de 30.000 personas que podrían haber hecho tantas cosas…
            No están ni para preguntarles la hora.
            Pero bueno, no podemos cambiar el pasado. Lo que sí podemos hacer es recordar que nos faltan injustamente.
            Yo jamás podré olvidarlos. Lo tengo a mi papá, que me recuerda siempre a los otros 29.999.”[1]



[1] Bombara, P., El mar y la serpiente, Grupo Editorial Norma, 2005.

sábado, 26 de marzo de 2016

Dictadura y literatura infantil (I): "Un elefante ocupa mucho espacio"

          El 24 de marzo de 1976 comenzaba en Argentina la dictadura cívico-militar más terrible de su historia. La literatura infantil no fue un lugar de excepción, ella también padeció la condena, la persecución y la censura. Este artículo y los siguientes que publicaré tocarán el tema de la relación dictadura-literatura infantil. El de hoy hablará de uno de los libros que fue prohibido durante esos años; los próximos serán sobre la literatura que se escribió después para ponerle voz a lo que ocurrió (y a sus protagonistas).

            “Un elefante ocupa mucho espacio” de Elsa Bornemann fue prohibido en su totalidad (los quince cuentos que incluye el volumen) en octubre de 1977, mediante el decreto 3155 de la Junta Militar. Entre las razones esgrimidas se encontraban las siguientes: que “se trata de cuentos destinados al público infantil con una finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria para la tarea de captación ideológica del accionar subversivo” y que “de su análisis surge una posición que agravia a la moral, a la familia, al ser humano y a la sociedad que éste compone”[1].
            Quien sea que se tome el trabajo de leer uno a uno los quince relatos que conforman el libro podrá percibir la ternura, la sensibilidad, los valores que irradian. Elsa Bornemann nos toma de la mano y nos lleva a pasear por caminos repletos de amistad, libertad, solidaridad, amor profundo y, sobre todo, mucha fantasía. Quizás esa sea la verdadera razón de menudo agravio por parte de la Junta Militar.
¿Es buena o mala la fantasía? Según Graciela Montes[2], luego de haber sido desprestigiada en años anteriores, la fantasía volvió, a lo largo del siglo XX, a tener mayor libertad y su valor en la literatura infantil pasó a ser mayor. Gracias a Piaget, que postuló que el juego simbólico (el “jugar a ser” y el “jugar a hacer”) es central para el desarrollo de la inteligencia y para adaptarse creativamente a la realidad. La fantasía no resultaba “tan evasora de lo real como parecía”[3]; al contrario, “se nutría de lo real y revertía sobre lo real”[4].
El niño, a través de ese juego donde la fantasía lo ayuda a postular simbólicamente distintas situaciones, puede enfrentar miedos y conflictos, anticipar situaciones y compensar carencias o ausencias.
Las historias que Bornemann nos cuenta en “Un elefante ocupa mucho espacio” son grandes metáforas que, mediante la fantasía, nos llevan a la reflexión. Cualquier obra humana que estimulara el pensamiento era rechazada y censurada en esos años oscuros.

El libro fue premiado internacionalmente en octubre de 1976: se lo incluyó en el Cuadro de Honor del Premio Internacional “Hans Christian Andersen” otorgado por IBBY[5].
El primer relato del volumen es el más conocido: los animales de un circo se niegan a trabajar e inician una huelga exigiendo volver a su tierra natal. El elefante Víctor es quien tiene esa idea “tan enorme como su cuerpo”. La historia no presenta únicamente una reivindicación gremial justa (los animales eran los que trabajaban sin cobrar y además enjaulados e infelices) sino que incluso el planteo postula una reivindicación ecológica: los animales exigen volver al lugar del que nunca deberían haber sido sacados.
“Caso Gaspar” plantea otra historia “subversiva”: Gaspar es un vendedor ambulante que un día decide cambiar su rutina y comenzar a caminar con las manos durante sus recorridos eternos por las calles de la ciudad. La policía lo detiene y lo interroga durante días. Mientras tanto, los ladrones asaltan bancos con total tranquilidad: toda la fuerza pública está ocupada con el “caso Gaspar”. Finalmente, a Gaspar se le ocurre hacer una sencilla pregunta que le otorga nuevamente la libertad: “¿Está prohibido caminar sobre las manos?”. Como no existe ley que prohíba esa forma de desplazarse, la policía se ve obligada a liberarlo y dejarlo circular tranquilo.
El cuento “Pablo” nos habla de las palabras, de su valor…y de la magia que conlleva el trabajo del poeta que esculpe pieza por pieza sus escritos. Es una historia muy breve en cuanto a acciones pero inagotable en su valor estético.
El último relato que quisiera mencionar es “Cuento con caricia”. En él, un grupo de animales, uno a uno y en cadena, descubren lo que es una caricia. Magistral relato, bellísimo y repleto de ternura. La cuestión de las diferencias y la comunión del hombre con la naturaleza son temas que también se tocan en este hermoso cuento.

La dictadura cívico-militar intentó silenciar este volumen cargado de valiosas palabras, pero afortunadamente logró el efecto contrario: convertirlo en un estandarte de la literatura infantil argentina a nivel internacional, reconocido y elogiado hasta el día de hoy, leído por generaciones y generaciones de argentinos que se niegan a olvidar.
Elsa Bornemann es una de mis escritoras favoritas. Su literatura siempre nos deja pensando. Y la maestría con la que moldea la lengua hace que sus obras sean de una belleza literaria extraordinaria.
¡No dejen de leer “Un elefante ocupa mucho espacio” y compartirlo!



[1] Ambas son citas textuales del mencionado decreto, extraídas de la edición actual del libro (2014) de Alfaguara Infantil (pág.102).
[2] Montes, G., “Realidad y fantasía o cómo se construye el corral de la infancia” (1984) en El corral de la infancia, FCE, México, 2001.
[3] Op. Cit., pág. 25.
[4] Op. Cit., pág. 25.
[5] IBBY: International Board of Books for Young People. El premio “Andersen” es el equivalente al Nobel de Literatura, otorgado a la Literatura Infantil.

domingo, 28 de febrero de 2016

Jugar con la escritura

           Hasta ahora, en todos los artículos en los que hablé de la literatura, lo hice desde el punto de vista de la lectura. Hoy quisiera, por eso, dedicarle un rato a la escritura.
            Cuando proponemos una actividad de escritura a nuestros alumnos (sean jóvenes o adultos), a veces ocurre que ellos se niegan o se ponen muy nerviosos por tener que escribir. Esto es totalmente comprensible ya que la escritura es una actividad en la que ponemos el alma en el papel y es normal sentir vergüenza o sentirnos muy expuestos al tener que dejar que otros lean lo que nosotros volcamos en un texto.
            Sin embargo, la escritura también nos libera. En muchas ocasiones puede ser un cable a tierra, para descargar emociones o sentimientos que nos pesan retenidos en nuestro interior. Y además, la escritura puede ser un juego, si aplicamos las estrategias adecuadas.
            Quisiera proponer aquí una serie de juegos y desafíos con el lenguaje y con la escritura. Casi todos, por su baja dificultad, son aptos para todas las edades. Incluso son muy interesantes para jugarlos entre adultos, para conocernos o divertirnos en grupo.
Tengan en cuenta que esta es solo una pequeña selección de todas las propuestas creativas que existen, que son infinitas. Todas las que enumero, las he probado con los grupos de chicos con los que trabajo y también, algunas, las he jugado en grupos de adultos. Aquí van:

1. NUESTRO NOMBRE: este es un juego que sirve para presentarnos, el primer día de clases o la primera reunión de un grupo de escritura. Lo que cada uno hace, en la hoja, es escribir su nombre en forma vertical. Luego, pensamos una frase que comience con cada una de las letras y que cuente algo de uno. Por ejemplo:
V: vivo en Rosario
I: inventar recetas es un pasatiempo para mí
O: oigo todo tipo de música
L: leer es lo que más me gusta hacer
E: enseño en escuelas secundarias
T: tengo una perra llamada Huayra
A: a veces escribo cuentos
Cuando todos han terminado, leemos en voz alta cada presentación.

2. TODAS LAS PALABRAS COMIENZAN CON…: la propuesta de este juego es escribir un texto en el que todas las palabras comiencen con la misma letra. Puede ser una letra de la que estuvimos estudiando las reglas ortográficas (si es un ejercicio escolar) o una letra elegida al azar si jugamos por jugar. No sólo sirve para ejercitar nuestra escritura, además ayuda a ampliar el vocabulario (podemos tener un diccionario para consulta a mano).Otra opción es que las palabras del texto comiencen por las vocales, en el orden tradicional (a, e, i, o, u), por ejemplo: “Agustina Escribe Índices Onomásticos Últimamente. Al Estar Inspirada Ocurre…”. Los resultados de este juego suelen ser disparatados, muy divertidos.

3. IMÁGENES QUE CUENTAN: para este juego necesitamos, además de papel y lápiz o lapicera, algunas fotos o dibujos recortados de revistas y diarios (por lo menos tres o cuatro). La idea es que escribamos historias a partir de esas imágenes. Puede ser que cada uno trabaje individualmente, que formemos parejas o que hagamos una única historia entre todos. Si trabajamos de forma individual o en parejas, una vez que todos terminaron se leen las historias en voz alta y se puede elegir la más creativa, o la más graciosa, o la más tenebrosa…o lo que se les ocurra. Si elaboramos una única historia entre todos, lo mejor es que haya un coordinador que tome nota de las ideas que surgen y elabore un borrador que luego pulirán grupalmente.

4. BINOMIO FANTÁSTICO: esta propuesta creativa se encuentra explicada en detalle en el libro de Gianni Rodari que cito al final del artículo. La idea es que a partir de dos palabras que nada tienen que ver, pueda surgir una historia. Dos participantes del grupo toman un papel y cada uno escribe una palabra sin ver la palabra del otro. Luego, se muestran al grupo. Cada participante debe unirlas en un relato, de la manera que quiera. Rodari da el ejemplo de “perro” y “armario”; sugiere que lo ideal es intentar relacionarlas a través de una preposición: de allí puede surgir “el perro con el armario”, “el armario de un perro”, “el perro en el armario” o cualquier otra combinación que se les ocurra.

Hasta aquí cuatro propuestas de juego. A partir de ellas, ustedes mismos pueden adaptar la actividad al grupo en el que trabajen (o a la reunión en la que quieren jugarlo) o pueden idear otras propuestas.
En general, a la hora de producir lo mejor es proponer un tiempo limitado de trabajo (diez minutos, veinte minutos o media hora, lo que consideren) e intentar que todos cumplan con lo estipulado. La escritura surge de forma más fluida o creativa si trabajamos contrarreloj.

Espero que puedan probarlos en la escuela, en algún cumpleaños, reunión familiar…o simplemente entre amigos. Pueden contarme en los comentarios sus experiencias. ¡A jugar con las palabras!

BONUS:
Les dejo las referencias de dos libros que pueden consultar si les interesa profundizar en el tema. Ambos contienen teoría y muchas propuestas creativas para escribir o inventar historias:
- Gramática de la fantasía de Gianni Rodari: un clásico con muuuuuchas ideas para experimentar el sentido liberador que puede tener la palabra.
- La palabra mágica. Taller de literatura de Ricardo Mariño y Silvia Schujer: dos escritores argentinos que, a lo largo de doce capítulos  ordenados temáticamente, nos proporcionan material de lectura e ideas para estimular la creatividad y la escritura.

martes, 16 de febrero de 2016

Los cuentos tradicionales

             Cuando hablamos de cuentos tradicionales, nos referimos fundamentalmente a tres colecciones de relatos que forman parte de la cultura occidental: Perrault, Grimm y Andersen. Cada una de ellas tiene contextos, orígenes y características diferentes.
            Charles Perrault vivió en Francia. Publicó su colección de cuentos (conocida como “Cuentos de Mamá Oca” por la ilustración que tenía en su tapa) a fines del siglo XVII. El objetivo de sus relatos era entretener a los cortesanos que participaban de reuniones en palacio. El público al que estaban dirigidos no eran los niños, entonces, sino los adultos.
            Los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm, por su parte, eran prusianos. Sus “Cuentos de la infancia y del hogar” fueron publicados a principios del siglo XIX. El objetivo con el que son recopilados estos relatos está sumamente ligado a un acontecimiento histórico: Prusia había sido invadida por las tropas napoleónicas y los dos jóvenes Grimm, buscando salvaguardar la identidad de su pueblo, se lanzan a recoger cuentos de la tradición oral de los pueblos y darles forma literaria.
            En cuanto a la obra de Hans Christian Andersen, escritor oriundo de Dinamarca, sus cuentos fueron publicados entre mediados y fines del siglo XIX. Él no recopiló historias de tradición oral, sino que estudió y descubrió cómo funcionaba el mecanismo de este tipo de cuentos y así creó sus propios relatos. Es el único autor, entre los nombrados, que escribe su obra pensando como destinatarios a los niños. Se convierte así en el primer autor de literatura infantil (vale recordar aquí que el premio equivalente al Nobel de Literatura, pero otorgado a obras destinadas a niños y jóvenes,  lleva su nombre).
            Como característica común a estas colecciones, podemos destacar que las tres fueron escritas en momentos de búsqueda de identidad de las naciones. Por eso, de algunos cuentos existen dos versiones y, aunque diferentes, ambas se consideran originales. Como ejemplo de esto, podemos mencionar a “La bella durmiente”, historia presente tanto en Perrault como en los hermanos Grimm.
            También existen diferencias entre las tres colecciones. Muchos cuentos de los hermanos Grimm son terriblemente sangrientos, mientras que lo que caracteriza a Perrault son historias crueles y moralejas burlonas al final de cada una. Por su parte, los relatos de Andersen son bastante tristes, tienen una fuerte carga de melancolía.
Actualmente, existe una gran cantidad de “reversiones/reescrituras” de estos cuentos tradicionales o, también llamados, “cuentos de hadas”. Las que han cobrado mayor renombre son las versiones “Disney”, o sea, versiones edulcoradas y vacías, de los diferentes relatos. Sin embargo, también hay reversiones interesantes, que ven la historia desde otra perspectiva o le dan un giro hacia la contemporaneidad o buscan enmarcarla en el contexto socio-cultural de cada región.
            Ahora bien, la pregunta es: ¿debemos dar a conocer a los niños las versiones originales de estos cuentos tradicionales o debemos brindarles versiones “aggiornadas” que no contengan ya la dosis de violencia que contienen los primeros?
            Existen muchas respuestas que se han ensayado para este interrogante. En particular, quisiera explicar aquí por qué SÍ debemos leerles, contarles o darles a conocer a los chicos las versiones originales de estos cuentos. Para eso me basaré en algunas ideas que Bruno Bettelheim desarrolla en su Psicoanálisis de los cuentos de hadas.
            En primer lugar, es necesario explicar que los niños no entienden literalmente lo que ocurre en estos relatos: ellos tienen mayor capacidad simbólica para comprender los cuentos. En otras palabras, esa violencia explícita que vemos los adultos, los niños la ven como violencia simbólica, la interpretan y la asimilan para encontrar respuestas a los sufrimientos o dramas propios de su vida.
            Otra cuestión a tener en cuenta es que los finales originales (muchas veces censurados) tienen una mayor intensidad y un mayor simbolismo para el niño. Los chicos necesitan de estas historias que les ayudan a reflexionar y les otorgan esperanza.
            Pensemos en un ejemplo. El niño, en algún momento, tendrá que separarse de sus padres. Eso es algo que los chicos deben saber y los cuentos tradicionales se lo muestran (véase como ejemplo “Pulgarcito” o “Blancanieves”, donde los protagonistas son huérfanos de madre y sufren a causa de esa pérdida). Pero también les muestran que a esa separación, en principio traumática, se puede sobrevivir apoyándonos en nuestras habilidades y capacidades.
            Para entender la importancia que tienen los cuentos tradicionales para el niño, debemos corrernos de esa visión acartonada y simplificada que cree que la infancia es una época idílica llena de alegrías y felicidad, donde ningún problema ni preocupación se hace presente. Por el contrario, debemos entender que los niños sufren, se preocupan y tienen dificultades en su transcurrir cotidiano. Debemos dar crédito a la seriedad de los conflictos de los chicos y estimular, simultáneamente, su confianza en sí mismos.
            El mensaje que los cuentos de hadas transmiten a los niños es, justamente, “que la lucha contra las serias dificultades de la vida es inevitable, es parte intrínseca de la existencia humana; pero si uno no huye, sino que se enfrenta a las privaciones inesperadas y a menudo injustas, llega a dominar todos los obstáculos alzándose, al fin, victorioso”[1].
            En fin, es preciso decir que para los chicos es necesaria tanto la tradición como la reversión contemporánea o, en general, la literatura actual: la tradición para que conozcan nuevas dimensiones y estructuren su imaginación, canalizando diversos aspectos de su vida; las versiones modernas para no quedar fuera del mundo que lo rodea. En otras palabras, el niño necesita el pasado para apoyarse y lo actual para poder ingresar a su realidad contemporánea.
            Los cuentos tradicionales le enseñan al niño (y nos enseñan a todos) que las cosas de nuestra vida pueden ir bien si peleamos por ellas. El mundo no es maravilloso ni perfecto: es un mundo problemático que nos invita a accionar para encontrar alternativas y acercarnos a lo que deseamos para nuestra vida.
           




[1] Bettelheim, B., Psicoanálisis de los cuentos de hadas, Bs.As., Crítica, 2015. 

viernes, 12 de febrero de 2016

Reseña: "La historia interminable" de Michael Ende

       Continuaré hoy con la sección de reseñas, nuevamente he elegido un libro de literatura infantil. En este caso, es una novela bastante extensa pero que vale la pena descubrir palabra por palabra, capítulo por capítulo. Cuando llegamos a la página final, descubrimos que, lamentablemente, no es como lo anuncia su título: “La historia interminable”. Hemos llegado a la última parada de nuestro viaje.
            El autor de la novela (publicada en 1979) es Michael Ende. Pese a que la historia se volvió muy conocida (hay una película de los años ’80 que la recrea) no sé si todos lo hayan escuchado nombrar. Fue uno de los escritores alemanes más destacados de la posguerra. Si quieren interiorizarse acerca de su vida y obra, aquí les dejo el link de su página oficial (está disponible únicamente en inglés y alemán, pero quizás pueden ayudarse con el Traductor de Google).  
            Más allá de que no creo que haya una edad determinada para leer libros determinados, pienso que la lectura de éste se puede saborear más intensamente a partir de los diez años. Ojo, esto no significa que un niño de ocho o nueve (o siete) no pueda deleitarse con él, pero la extensión y la cantidad de personajes que aparecen quizás lo vuelven un poco complejo para chicos muy chicos. La lectura compartida puede ser buena idea. En fin, siempre es mejor intentar y equivocarse que no intentar, también así con los libros.
            “La historia interminable” no es un libro “flaco” de esos que se leen con ligereza. Es un libro más bien “gordito” pero no es pesado tampoco. Es un libro atrapante, mágico. Un libro que nos invita a viajar por mundos increíbles. Un libro que nos hace reflexionar acerca del lugar que ocupa (y el rol que desempeña) la literatura (y la palabra) en nuestra vida.
            Todo comienza con Bastián Baltasar Bux, un niño que es víctima del acoso de sus compañeros de colegio. Se esconde de ellos en una librería, donde entablará un breve diálogo con el librero. Allí ocurre el suceso que va a cambiar su vida. Nuestro personaje observa que el dueño del negocio está leyendo un libro gordo, de tapas color cobre y escrito en dos colores, llamado “La historia interminable”. ¡Primer sobresalto en nuestra lectura! El personaje tiene en sus manos el mismo libro que nosotros tenemos ahora mismo en las nuestras.
Bastián es un apasionado de los libros y así nos lo hace saber el narrador:

La pasión de Bastián Baltasar Bux eran los libros.
Quien no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado...
Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta, porque Papá o Mamá o alguna otra persona solícita le ha apagado la luz con el argumento bien intencionado de que tiene que dormir, porque mañana hay que levantarse tempranito...
Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido...
Quien no conozca todo eso por propia experiencia, no podrá comprender probablemente lo que Bastián hizo entonces.[1]

            ¿Qué hizo Bastián entonces? Pues nada más y nada menos que robarle el libro “La historia interminable” al dueño de la librería. Asustado y excitado, corre hacia la escuela y se esconde en el desván, donde cree que no van a encontrarlo y podrá leer tranquilo.
            A partir de este punto, comienzan a avanzar en paralelo las historias. Los lectores estamos siendo testigos de dos planos en la narración: por un lado, la historia de Bastián; por el otro, la historia del reino de Fantasía. Transcurren separadas durante buena parte de la novela, hasta que se entrelazan en la mitad exacta del libro. ¡Segundo sobresalto!
            Es en ese momento cuando “La historia interminable” comienza a interpelarnos como lectores. ¿Qué rol ocupamos nosotros en esta novela? ¿Ocupamos alguno? ¿Existirá el reino de Fantasía, lugar donde habitan los frutos de nuestra imaginación? ¿Pueden extinguirse nuestros sueños? ¿Somos conscientes del irrefrenable poder de las palabras y de nuestra preciosa capacidad de nombrar?
            Sería complejo intentar resumir aquí los hechos que se suceden en el relato. Prefiero dejar que sean ustedes quienes se sumerjan en él y sean arrastrados por el torrente de palabras que Michael Ende nos obsequia. Que descubran en él, si no lo descubrieron ya, el enorme poder sanador que tiene la literatura. La puerta del reino de Fantasía está abierta…¡adelante!




[1] Ende, Michael, La historia interminable, Bs.As., Alfaguara-Santillana, 2015.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Reseña: "Medias de monigote" de Laura Devetach

Continuando con la línea esbozada en mi primer post sobre literatura e infancia, hoy quisiera compartir algunas ideas sobre el cuento “Medias de monigote” de Laura Devetach (publicado en la Colección El Pajarito Remendado)[1]. Espero que, si les resulta interesante, pueda ser la primera de varias reseñas acerca de autores destacados de literatura infantil y juvenil.
Sobre esta autora, oriunda de Reconquista (provincia de Santa Fe), puedo decir que todo lo que he leído es recomendable para compartir con pequeños lectores y también para deleitarnos nosotros, los adultos. Si no la conocen y quieren saber un poco más, aquí podrán encontrar una breve biografía donde destacan sus títulos publicados y los premios que ha obtenido.
 En el cuento mencionado, se cuenta la historia de una nena, Laurita, que tiene un pueblo de monigotes dibujado en la pared. En su casa se viven tiempos difíciles y no todos tendrán regalos esa Navidad. Los monigotes la invitan a pasar Navidad a su pueblo dibujado unos días antes de que sea esa fecha y le dan una muy buena idea a Laurita para que todos tengan regalos en su casa sin tener que gastar el dinero que no tienen. La historia pone sobre la mesa una temática interesante: las dificultades económicas y la angustia infantil ante ellas.
Se establece allí un claro correlato con la realidad de nuestro país: muchos chicos pueden padecer (y padecen) la tristeza e incertidumbre de no tener el dinero necesario. La solución que se plantea al problema llega a Laurita, la protagonista, a través de la fantasía pero a su vez muestra una posibilidad que se ha convertido en una realidad: poder regalarnos objetos hechos por nosotros mismos, cuyo valor sentimental es mayor al de un objeto comprado y fabricado en serie.
Otro punto interesante es la forma en que están presentes los adultos en la historia. En “Medias de monigote” los adultos son vistos desde el lugar de Laurita, desde el lugar de un niño. Además, se muestra claramente en este cuento que los chicos no son tontos, que los problemas de los grandes no les pasan por al lado, sino que los afectan a ellos también. Laurita se preocupa cuando escucha a su papá diciendo que no todos tendrán regalos en Navidad y esa preocupación no le permite conciliar el sueño.
En el final, el conflicto que se había planteado tiene un desenlace feliz. Esta resolución no es mágica y sorpresiva; ocurre porque Laurita realiza acciones para que todo pueda solucionarse: inspirada por sus amigos monigotes, fabrica regalos para los miembros de la familia pensando en los gustos y actividades favoritas de cada uno. De esa manera se evidencia que los finales felices de la literatura son buscados por los personajes y generados por ellos, no caen del cielo sin motivo alguno.
Como síntesis del análisis planteado puedo decir que cada pasaje de este cuento despliega un mundo de significaciones y da lugar a interpretaciones propias de cada uno de los lectores (grandes o pequeños) que se animen a entrar en sus páginas. ¡Los invito a zambullirse en ellas!




[1] Devetach, L., “Medias de monigote” en Un cuento ¡puajjj!, Colección El Pajarito Remendado.

sábado, 30 de enero de 2016

Amar la trama: la experiencia literaria en la infancia

“’El uso total de la palabra para todos’ me parece un buen lema, de bello sonido democrático. No para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo.”
(Gianni Rodari en Gramática de la fantasía)

Desde los primeros momentos de nuestra existencia somos atravesados por el lenguaje. Éste ayuda a conformar nuestro mundo simbólico y nos erige como sujetos que buscan transformar el mundo.
El niño, antes de ser acción, es verbo. Cuando su madre lo nombra, lo constituye como sujeto a través de las palabras y le otorga también el rol de lector. El lenguaje primigenio que se absorbe desde la estancia en la panza forma parte de un ritual muy importante que crea un lugar simbólico: a través de él, se accede a la cultura colectiva y universal cifrada en la literatura.
Es por esto que la lectura en la primera infancia se constituye como una actividad central para poder convertir a los niños en sujetos del lenguaje. Dar de leer desde los primeros momentos de la vida implica dar a todos las mismas oportunidades de formarse y acceder al conocimiento. Siguiendo a Yolanda Reyes “(…) fomentamos la lectura (…) para garantizar, en igualdad de condiciones, el derecho de todo ser humano a ser sujeto de lenguaje: a transformarse y transformar el mundo y a ejercer las posibilidades que otorgan el pensamiento, la creatividad y la imaginación”[1].
Dentro del camino que recorre el niño a través de sus primeros años de vida, las nanas conforman el primer contacto con la literatura. Constituyen una experiencia de acercamiento a la poesía: la sonoridad y expresividad que las caracteriza le transmiten saber al niño acerca de los otros usos de la lengua (además del de comunicar): sanar, enamorar, consolar. Se genera un triángulo amoroso entre bebé, mamá (quien canta) y canción.
Las nanas, como pilares de la cultura, inscriben a los recién nacidos en el mundo simbólico. Muchas veces nombran situaciones difíciles que cuesta poner en palabras y, al enunciarlas, dan cuenta de la experiencia literaria que tiene la posibilidad de nombrar lo innombrable.
A medida que el niño crece, otros textos literarios se incorporan a su recorrido de lectura y escucha. Los cuentos tienen una función central en este sentido, ya que su estructura narrativa (conformada por un inicio, un conflicto y un desenlace) permite al infante organizar sus pensamientos y su representación del mundo para poder organizar su conocimiento, además de permitirle establecer relaciones entre lo ficticio y lo real. Las narraciones también ayudan a fijar nociones de temporalidad y espacialidad.
Se hace indispensable entonces seleccionar adecuadamente el material que vamos a leer a los niños y los libros que vamos a acercarles: evitar la contra-literatura (libros de autoayuda para niños, versiones aggiornadas poco felizmente de cuentos clásicos, etc.) y tratar de elegir literatura infantil pensando en lo literario desde nuestro lugar de lectores, literatura con la que nosotros también pasemos un buen momento.
Debemos realizar una buena selección de historias que despierten su curiosidad, que atrapen su atención, que hagan explotar sus sentidos y les permitan imaginar otros mundos.
¿Cómo encontrar esas historias? ¿Cómo seleccionarlas? Pues leyendo nosotros. Buscando, hurgando en bibliotecas y librerías, investigando. Rastreando textos que nos generen placer de lectura también a los grandes, que nos dejen con la boca abierta, que nos atrapen, que nos asombren. Eligiendo los libros para los chicos desde nuestro lugar de lectores.




[1] Reyes, Y., “Preámbulo: antes de entrar a la casa imaginaria” en La casa imaginaria: lectura y literatura en la primera infancia, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2007. Pág. 15.